Rechazando los compromisos electoralistas


| “The Betrayed”/Michael Lawrence |

La “Izquierda” postmoderna y el nuevo concepto estratégico de la OTAN

“Con el dominio ideológico del posmodernismo llegó también la primacía del individualismo burgués”

por Encarnación Almansa

Desde los años 70 del siglo XX, una de las principales consignas en Europa y EEUU dentro de los círculos de la izquierda fue la de la eliminación de las definiciones como elementos descriptivos de la esencia de las cosas o los fenómenos, tanto materiales como de carácter intelectual, espiritual o científico. El predominio de las corrientes posmodernas en las universidades y en la intelectualidad progresista tuvo como consecuencia la relativización de los valores, la historia o, en definitiva, todo aquello que se consideraba como verdadero. La historia se convirtió en un relato, la justicia en una convención, la psicología en comportamiento reactivo, la espiritualidad en una elección limitada al ámbito privado, etc.

Como viene sucediendo a lo largo de nuestro cambiante mundo occidental, la población más alejada de los movimientos intelectuales (lo que se ha denominado clase trabajadora desde el marxismo) ha ido impregnándose de estos elementos ideológicos sin tomar conciencia de ello, sin darse cuenta de que iba asimilando axiomas posmodernos (porque el posmodernismo también tiene axiomas, aunque repudie lo incuestionable) tales como la idea de que la utopía es solo un horizonte o que los derechos humanos son el resultado de un consenso. No obstante, la falta de criterio filosófico impedía la percepción de la evidente contradicción de que, simultáneamente, se establecían principios irrenunciables y completamente alejados del relativismo: la igualdad entre razas y entre el hombre y la mujer, el derecho a la participación en la política de todas las clases sociales, el rechazo a los denominados totalitarismos, la lucha contra la violencia machista, el respeto a la naturaleza, etc.

Finalmente, como máxima expresión de esta asunción inconsciente de los principios posmodernos, entre todos los géneros, razas, clases o corrientes políticas se instaló un axioma – o verdad absoluta – que se ha extendido como tópico vestido de sabiduría a través de la sentencia de que “todo es relativo”. Por supuesto sin el más mínimo cuestionamiento de lo que significa y de lo que implica, así como de que nunca lo ponemos en práctica con todas sus consecuencias. Con ello, la izquierda occidental destruyó piedra a piedra todas sus murallas defensivas repudiando la defensa de los grandes valores propiamente humanos y la construcción de un mundo acorde con los mismos. La más mínima definición de una nueva sociedad diferente a la capitalista fue considerada como sospechosa de totalitaria o, como mucho, quedó limitada a la vuelta a un pasado idealizado (el pasado reciente del Estado del Bienestar en los EEUU y Europa o el vinculado a las comunidades originarias de Latinoamérica o África).

Mientras tanto, las élites capitalistas se frotaban las manos contemplando cómo cualquier intento de transformación se disolvía en el mundo líquido, entre interminables discusiones que nada tenían que envidiar a las de la escolástica. Puesto que no hay nada definitivo, la reivindicación de justicia se transformó en la aplicación de las justicias (nacionales o internacionales), la praxis revolucionaria en participación asamblearia de barrio, el establecimiento de una calidad de vida universal e igualitaria en reivindicaciones culturales.

El dominio ideológico del posmodernismo ha tenido como consecuencia, además, la inclusión del individualismo burgués en todos los antiguos conceptos propios de la izquierda revolucionaria. Como consecuencia, la fraternidad se ha eliminado de su discurso, de tal manera que la soberanía se ha convertido en la capacidad de un país de competir con los demás sin injerencias externas y en la reivindicación de las fronteras políticas, la lucha de clases en la posibilidad de ascender socialmente, la revolución en la creación de una clase media con capacidad de consumo como paso imprescindible al socialismo, el internacionalismo en la protesta únicamente por el peligro que nos supone la presencia de bases en territorio nacional. Ahora, como último giro de guión, los autoproclamados legítimos representantes de esta corriente convierten la seguridad en militarismo, alegando como único inconveniente cuestiones puramente presupuestarias.

En definitiva, a la vez que la izquierda ha repudiado cualquier concepto, hemos venido viviendo la inclusión en los movimientos progresistas, de forma cada vez más acelerada e incluso agresiva, de los conceptos que el capitalismo ha considerado más adecuados para su reproducción. Ya no solo aceptamos como parte de nuestro vocabulario más común “mercado laboral”, “salario mínimo” o “capital humano”, sino que, como manifestación evidente de esta vergonzosa genuflexión al pensamiento capitalista, ahora incluimos el de guerra preventiva y concepto estratégico.

Muchos de aquellos que enviaban a la hoguera a los que proponían la delimitación de un concepto para avanzar hacia una praxis transformadora, ahora aplauden el nuevo lema. Mientras, la izquierda se mantiene en su círculo vicioso de puntuales protestas y rabietas de impotencia, aunque sin ofrecer la necesaria ofensiva que necesitan las bases para ilusionarse e implicarse en un proyecto político transformador y superador. De forma similar a como un pensamiento obsesivo y destructivo mantiene en la inacción a la víctima de una neurosis o un complejo de culpa, cualquier proposición constructiva se enfrenta a la acusación de utópica, idealista o totalitaria, así como al imperativo de que la única solución es salir a la calle a protestar y exigir. Pero el exigir a las élites las legitima como tales, y así nos va.

Por tanto, es necesario tomar conciencia de que la solución no pasa por un frente en el que se sume de tal manera que cada cual mantenga su bandera y su exigencia particular, unificada con el fin de aunar el voto, sino por la elaboración de un programa común de oposición frontal que se apoye en los valores universales humanos y naturales, extrayendo de ellos una praxis consecuente con los mismos y rechazando de pleno los compromisos electoralistas. Es lo que ansiamos los que nos mantenemos observadores, expectantes y deseosos de un discurso sin miedo a los conceptos claros.

{ Canarias Semanal }

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