de los “expertos en todo”


| “Carrie Anne”/GJ Gillespie |

Quiero dudar

No queda espacio para la duda. Así es imposible aprender nada y yo no sé el resto pero a mí me resulta vital aprender.

Si algo tengo claro es que el ser humano es curioso por naturaleza. La curiosidad es la antesala de la duda porque nos empuja a obtener respuestas, nos obliga a indagar. Ante esas respuestas surge la duda que nos impele a una mirada crítica para tratar de discernir entre las diferentes opciones. Se puede decir que esa curiosidad nos lleva inevitablemente a aprender. Por tanto, aprender forma parte de nuestro ser. Sin necesidad de caer en esencialismos, se puede decir que aprender forma parte importante de lo humano. Pero cada día aprender está más caro, la duda está prácticamente criminalizada. Vivimos en un mundo en que dudar es sinónimo de quedarse fuera, de perder. Cuando todo es competición, cuando la imagen proyectada es lo importante, la duda no tiene cabida. No puedes mostrarte débil. Hay que saber de todo o, al menos, aparentarlo. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de Internet y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Y lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Hace años que le escuché (si no me equivoco a Carlos Taibo) la expresión “todólogos” para referirse a los personajes que opinaban sobre cualquier tema en los múltiples programas televisivos de actualidad. Daban la sensación que sabían de todo y el amplificador que suponían esos espacios televisivos reforzaba su imagen de sabios expertos. Ingenuamente pensaba que el fenómeno de los “expertos en todo” se reducía a ambientes muy específicos. Lugares como los bares, los mass media y los escalafones de los partidos políticos donde habitan sus cabezas visibles… siempre han estado repletos de gente con una necesidad imperiosa de dar su opinión sobre todo (normalmente acompañan esta necesidad con la creencia de estar en posesión de la verdad, por supuesto, su verdad que es la única).

Pero hace tiempo ya, que este fenómeno se ha expandido de manera imparable alcanzando todos los rincones de la sociedad.

No tengo nada en contra de que la gente nos informemos, más bien al contrario, me parece fantástico. Otra cosa bien distinta es formarse y aprender. Yendo más allá, todavía resultaría mucho mejor tratar de establecer algún tipo de relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en el mundo.

Intentemos hacerlo con algún tipo de filtro crítico y escéptico antes de dar por buena cualquier teoría o hecho y su contrario. Incluso, debemos estar dispuestos a admitir que hay cuestiones que nos superan (ni que sea de momento) y que por tanto no podemos tener una opinión sólida al respecto.

Esta proliferación de “expertos en todo” es un signo de estos tiempos. Especialmente visible el fenómeno con la pandemia y todo lo que conlleva esta situación. No me importa en absoluto cuando me la encuentro en reuniones familiares, en un bar, o en el trabajo. He de admitir que incluso me divierte según cómo sea. Pero me parece mucho más preocupante cuando me la encuentro en ambientes alternativos donde se supone que el pensamiento crítico es algo importante. Me resulta especialmente triste constatar que en muchas ocasiones las personas con opiniones formadas sobre todo no hacen más que repetir argumentaciones y discursos ajenos que ni siquiera son capaces de explicar cuando se les pregunta. Lo sé porque seguramente leo las mismas páginas y los mismos textos que ellos. Nadie duda, todo el mundo cree saber todo lo que tiene que saber. No sólo eso, además se exige de los demás un claro posicionamiento. O conmigo (por supuesto, los buenos) o contra mí. La falta de espacio para la duda refuerza el bucle del dogma. La ortodoxia (sea en el sentido que sea y en el campo que sea) se convierte en algo inquebrantable. Así no hay duda perteneces a la secta o estás fuera.

Es justo en ese momento cuando todo suele terminar, porque es entonces cuando los expertos suelen acudir a los grandes tótems del asunto en cuestión que se esté tratando o, directamente, a las sacrosantas palabras de los grandes gurús de la ideología política que predomine en ese ambiente. Y claro, llegado a este punto, admito que no me he empapado las obras completas de ningún ser humano al que se le otorgue la autoridad máxima en cualquier –ismo. Así que una vez este dato salta a la palestra de una u otra forma, parece ser que automáticamente me invalida para cuestionar esos argumentos de dicho experto. En ocasiones, incluso, me convierte en sospechoso de colaboracionismo con el enemigo, reaccionario o pequeño burgués según de dónde venga la acusación.

En fin, hay tantos frentes abiertos, tantas cuestiones que nos afectan de una forma brutal y directa que resulta dificilísimo estar bien informado/formado sobre todo. Personalmente, no lo estoy pero me niego en redondo a que eso sea un motivo para tener que aceptar imposiciones argumentales o ideológicas. Vivimos momentos absolutamente inciertos y sin embargo, veo a la gente en general estar más seguro de sus creencias que nunca. Me resulta incomprensible.

Si no somos capaces de apoyarnos y fomentar la coeducación entre nosotros, si no es posible el debate sin miedo a ser excluido, si la capacidad de transmitir conocimiento y experiencia sólo se utiliza para colgarse medallitas absurdas en lugar de utilizarla para ampliar las posibilidades de revuelta, entonces todo queda reducido a la mínima expresión y nada puede suceder más allá del pequeño grupo de autoproclamados expertos. Seguir al pope o morir. O mejor todavía convertirte tú mismo en predicador de tu buena nueva, esa a la que sólo tú por una misteriosa razón tienes acceso.

{ Quebrantando el silencio }

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