Cognitiva, Agrícola y Científica


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Nichos para imbéciles

La clave para el espectacular desarrollo de los últimos 500 años es aceptar que no lo sabemos todo

por Joaquín Posado
|05/01/2017 – Actualizada en 31/05/2020|

Cuando volvamos a clase dentro de unos días, en Bachillerato hablaremos del origen del ser humano, de las diferentes teorías que lo explican: creacionismo, diseño inteligente, evolucionismo y de Darwin, por supuesto. Preparando materiales para un tema tan controvertido y apasionante, recordé algunas lecturas de hace unos meses. Se trata de “Sapiens, una breve historia de la humanidad”, de Yuval Noah Harari, escritor israelí, doctorado en Oxford, que se especializó en procesos macrohistóricos. Es un libro muy divertido, un relato arriesgado del devenir humano, nada conforme con la historia ortodoxa y cerrada de cómo hemos evolucionado. Afirma que fueron tres grandes revoluciones las que definieron a nuestra especie: la cognitiva, la agrícola y la científica. No rehúye el debate abierto sobre si los homo sapiens se cruzaron con los neandertales, si hubo una fusión de las dos poblaciones o si más bien se produjo una sustitución. Las investigaciones más recientes revelan datos nuevos sobre los neandertales, el ADN de varios individuos ha revelado que esta especie humana tenía un comportamiento social patriarcal, los hombres buscaban mujeres en grupos ajenos para fundar sus propias familias, así aseguraban la diversidad genética de los grupos. Siempre era la mujer quien abandonaba a sus parientes para acompañar a su nueva pareja.

De la etapa cognitiva, hace unos 70.000 años, procede el desarrollo más importante de nuestro cerebro. En aquel momento los sapiens eran cazadores-recolectores, se alimentaban de termitas, recogían semillas y bayas. Aunque ocasionalmente cazaban, hasta bisontes si se daba la oportunidad, a lo que más tiempo dedicaban era a la recolección, como principal fuente de alimentación y también para acopio de materiales necesarios en su vida diaria: madera, bambú, piedras, etc. Cada uno de estos individuos buscaba afanosamente el alimento y los objetos que les permitían la supervivencia, al tiempo que acumulaban información, datos y conocimientos. Sin ellos su existencia sería precaria e insegura, sometida a constantes desafíos que era fundamental controlar. Conocían qué raíces eran nutritivas y cuáles indigestas, qué movimientos en la vegetación delataban una amenaza o una posible pieza a cazar. Sabían cómo enfrentar la mordedura de una serpiente, cómo hacer un cuchillo de piedra o despistar a un león hambriento. Las destrezas de estos sapiens, sus muchas habilidades, nos darían en los tiempos que corren, para años de cursos intensivos y de aprendizajes de campo, sin garantía alguna de éxito.

El conjunto de la humanidad sabe hoy muchísimas más cosas que aquellos grupos perdidos en la estepa o en la montaña, pero los individuos de entonces, aquellos recolectores-trabajadores, eran mucho más capaces y diestros que lo somos nosotros en la actualidad. Algunas investigaciones apuntan a que el cerebro del sapiens se ha reducido desde esta época de los cazadores-recolectores. Entonces sí que dependía la propia supervivencia de la toma rápida de decisiones y de no equivocarte en la elección del alimento o del camino para evitar al depredador.

Después de la revolución agrícola, los individuos no necesitaron tanta atención, ni tantas facultades para solventar los problemas, la gente podía apoyarse en las habilidades de los demás para sobrevivir, se abrieron así nuevos “nichos para imbéciles”. Curiosa expresión del historiador Harari para describir a ese homo sapiens que, incapaz de valerse por sí mismo, fía su seguridad a los demás. No obstante, y a pesar de sus limitaciones, “el imbécil” podía transmitir su mediocre carga genética a la siguiente generación.

Desde la revolución agrícola, hace unos 10.000 años, los humanos comenzaron a dedicar la mayor parte de su tiempo a domesticar algunas especies animales y a manipular semillas. Conducían a los carneros hacia los mejores pastos y regaban las plantas o arrancaban las malas hierbas ¿Supuso esto un avance para la humanidad? ¿Hizo a la especie más inteligente? Hoy ya se duda de esta evolución lineal en el desarrollo humano. Los cazadores-recolectores contaban con una dieta más variada, con un conocimiento del entorno más riguroso y práctico, además de correr menos peligro de padecer hambre y enfermedades. El hacinamiento de los agricultores provocaba epidemias, la meteorología, sequías o inundaciones y, además, debían trabajar muchas más horas. La especialización fue en aumento y cada vez más humanos ocupan su nicho para imbécil. Transcurren los milenios y cada individuo depende en mayor grado de lo que los demás hagan.

Con la revolución científica, apenas hace cinco siglos, nos encontramos a los hombres dispuestos por fin a admitir su ignorancia. Un avance espectacular, pues las tradiciones religiosas premodernas consideraban que ya se conocía todo lo que era importante del mundo. Los humanos habían gastado muchos esfuerzos y tiempo en descubrir cuáles son las leyes que gobiernan la naturaleza. Se habían conformado con respuestas cerradas y dudaban de que se pudiera avanzar en la medicina, en las ciencias o en la economía. Asumir que no sabemos y aceptar que seguramente lo que sabemos se demostrará erróneo al aumentar nuestros conocimientos, ahí tenemos la clave del espectacular desarrollo de la humanidad en los últimos 500 años.

Resulta fascinante mirar la evolución del homo sapiens, a pesar de los “imbéciles”, que en el siglo XXI va a devenir en homo deus. ¿No les parece intrigante? Pero esta será otra historia.

{ La Opinión de Zamora }

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