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Somos sobras de algoritmos. La IA te chupa la sangre
por Rosalino Rodríguez
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“Tenemos que producir pensamiento a partir de lo cotidiano”.
— Silvia Rivera Cusicanqui
“Vivo rodeada de mis plantas y me visitan pájaros”.
— Vecina de 76 años
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La realidad que hoy padecemos es dolorosa. Pensarla, resistirla y generar algo distinto se vuelve urgente. Necesitamos salir del ego y de las apariencias para reencontrarnos en una autogestión colectiva; salir del mundo digital para volver a habitar el mundo real.
Christian Ferrer sostiene:
“El anarquismo funciona como antídoto contra este nuevo pensamiento conservador, que no es el de la derecha ni el de los neoliberales, sino el de los benefactores de la humanidad: gente bienpensante que considera que basta con que un país crezca económicamente; gente que se conforma con el mejoramiento gradual como programa. De lo que se trata es de criticar el estilo de vida que llevamos.
El anarquismo fue una revolución cultural en su tiempo. Planteaba cambiar el régimen psicológico, político y cultural del sistema de vida moderno. Creo que hay que sospechar de la idea de incluir a una mayor cantidad de excluidos en un sistema que destruye a las personas”.
SOBRE UN PRESENTE PERPETUO
Durante los días del COVID-19 quedó claro que cada quien vivió y padeció la situación como pudo. Recuerdo la imagen de alguien entregando una bolsa de comida a un familiar con un palo largo y un gancho en la punta. No sé si alguna vez se evaluaron las consecuencias de ese tiempo de parálisis: lo físico, lo mental, lo emocional… aquello que afectó a tantas personas.
Hubo conspiraciones; multinacionales, farmacéuticas y laboratorios que se forraron de dinero vendiendo vacunas a los gobiernos. También se podría decir que se paralizaron muchas luchas que venían gestándose en las calles: las amplias reivindicaciones del feminismo, los movimientos contra el racismo y la xenofobia, y las movilizaciones por múltiples factores como la migración.
Muchos Estados movilizaron su aparato represivo para vigilar, disuadir y reprimir a las personas que osaban juntarse o acercarse “peligrosamente”. Se promovió la individualización y el encierro voluntario para controlar las ciudades, generando narraciones coercitivas y apocalípticas.
Aldous Huxley escribió en Un mundo feliz: “¡Amarás tu esclavitud!”, preguntándose hasta dónde debemos sacrificar nuestra individualidad ante la expansión de la tecnología.
Antes de que todo se fuera a la mierda, en aquellos días grises, la matrix nos bendijo y nos salvó de pensar en ciertas cosas (revolución social) que nos podían dar vuelta en el balero. Las aplicaciones, videollamadas y abrazos digitales se saturaron. Las nuevas tecnologías, en tanto nuevos dioses, hicieron más esclavos a los confinados de siempre. Mucha gente adaptó a Internet un montón de actividades que, seamos sinceros, ya eran al pedo antes de la peste. Para ciertas personas no existe aislamiento artificial que frene sus apetitos compulsivos.
Algunas joyitas del encierro virtual: sexólogos enseñando sexo a distancia, desafíos virales en TikTok, monólogos a la webcam con cara de “se viene el Armagedón y estas son mis últimas palabras”, influencers dando consejos motivacionales; cientos de episodios psicóticos. (Imagino a alguien como Martin McDonagh tomando apuntes).
Cuando volvimos a la “normalidad”, según el discurso oficial, ¿cómo se sostuvo toda esa realidad digital? ¿Hubo realmente un reencuentro respetuoso con la naturaleza, celebrado en redes con un “me gusta”? ¿El tiempo lento proclamado desde casa siguió por la misma vía? ¿Prendió el germen de una cosmovisión nueva o seguimos corriendo detrás de notificaciones, algoritmos y pantallas?
Paranoia 1.0 es un film de ciencia ficción inquietante: un programador comienza a recibir paquetes extraños, pierde el control de la realidad y desarrolla un deseo absurdo por consumir leche. Vive rodeado de personajes excéntricos, en un espacio vigilado y asfixiante – por momentos esquizoide – donde la única salvación parece ser entregarse al consumo que una corporación le ofrece.
Hoy, en plena era de redes sociales, apps de inteligencia artificial, algoritmos predictivos y vigilancia digital, surge la pregunta: ¿hay manipulación externa? ¿La computadora y el smartphone se convirtieron en extensiones de nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, en amputaciones de nuestra libertad? Marshall McLuhan parecía anticiparlo: somos tanto consumidores como consumidos.
Durante el COVID, además de la lucha cuerpo a cuerpo por el papel higiénico, en una ciudad de EE. UU. se agotaron las municiones; varios miles vislumbraron negocio llenando sus almacenes con alcohol y tapabocas. La gente siguió comprando online como si no hubiera mañana, mientras los trabajadores de correos y plataformas logísticas hacían piruetas para entregar paquetes. La crisis no frenó nuestra compulsión por consumir; solo la transformó.
Los millonarios reforzaron su seguridad en lugares privados: islas, reservas ecológicas, mansiones amuralladas. Mientras tanto, la mayoría de la población quedó a merced de los efectos del capitalismo digital: precarización, sobreexposición y manipulación informativa. La pandemia solo intensificó la brecha entre quienes controlan la vida y quienes la viven consumiendo lo que otros deciden.
En una película de Bruno Dumont (Ma Loute), donde ironiza sobre la burguesía, la escena final muestra a la alta sociedad frente al mar. También están la policía, un cura y dos adolescentes apartadas del resto, observando a una pareja de pescadores. La cámara divide el espacio para pensar el conflicto: lo absurdo de la condición humana. Unos viven en la opulencia; explotan la naturaleza; otros malviven de lo que pueden.
¿Cómo salimos de esto? Byung-Chul Han, contestando medio pospartido a Žižek sobre el coronavirus, dijo que ningún virus hace la revolución: solo individualiza y genera un espíritu de supervivencia a cualquier costo.
Ya sucedió… no hay marcha atrás, en este presente continuo, hacia un futuro no futuro. Para ilustrar estas frases sueltas recomiendo el film del director Asif Kapadia (2073), un poco para pinchar la apatía y, como me decía alguien, “abrí los ganchos”.
Somos puro número, pura cifra; nos hacen hablar su idioma para entendernos. Los representantes de sectores que buscan una mejoría para los suyos recitan porcentajes, tablas verticales de variabilidad del tema que les compete. No hay personas sino cosas: es un entramado plano, chato… puros algoritmos modificables, pura tecnología mayoritariamente barata que dicta nuestras acciones.
En definitiva, la parada forzada de la máquina capitalista no fue un golpe certero ni una crisis profunda, aunque dejó miles de personas desempleadas y grietas en los sistemas públicos. Mostró una poderosa amputación de la vida, otorgando nuevas formas de explotación y control gracias al cúmulo de emisiones individuales y a la percepción de la información desde el espacio digital.
Terminando toda esta catarata de gritos al pedo,… recordé un film de animación (Absolute Denial) donde un programador e ingeniero juega a ser “padre” de una IA. Una trama inteligente, con un tinte filosófico, mostrando que también en el encierro se pudo crear algo para pensar.
Afirma N. Chomsky: “La IA actual no es una herramienta para la libertad, sino para la concentración de poder”.
FIN
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