Esas bellezas inalcanzadas


| “Earthly Paradise”/Pieter Brueghel the Younger |

La angustia de querer preguntar algo

El destino no es lo que importa, es la idea del destino lo que nos llama a seguir luchando, y en esa construcción, vamos de a poco, salvándonos, salvando

por Ernesto Estévez Rams

Lo que me rompe la nuez (¿acaso debería decir, la semilla de mamey?) del hiperrealismo, es la angustia que me asalta. Esas bellezas inalcanzadas hasta los poros, esos ojos azules, marrones o negros que me miran mudos como dudando en decirme algo y me dejan con la aprensión de no saber lo que preguntan.

Hay arte que interroga, y lo hace, si es verdadero, de tantas formas y a la vez, de un solo origen existencial. Preguntas como esa se hacía Gauguin desde su retiro en la Polinesia. El francés era todo menos realista, sus pinturas partían de la irrealidad de los colores, la distorsión de la perspectiva, y la imagen idílica de un refugio que pretendió hallar, huyendo de la civilización y la ciencia, que detestaba, tomándola como catalizador de desdichas.

En 1897, Gauguin pintó una de sus obras más conocidas ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? Ese año fue terrible para el pintor que había perdido una hija, lo que lo condujo a un estado depresivo en el que buscó la muerte como salida. Polinesia vino a ser el regreso al paraíso perdido.

La idea original del paraíso, palabra de origen persa, era la de un jardín rodeado de un muro protector contra la erosión del desierto. Anterior a todas las religiones monoteístas de la región, y en particular, anterior a las religiones abrahámicas, el paraíso, como entorno perfecto para la realización de la felicidad, era la proyección colectiva de tribus, cuyo diario era la lucha contra una naturaleza árida y escasa de agua. El paraíso, no necesariamente atado a lo divino, era un anhelo de lo que la geografía negaba.

La palabra original fue tomada por los griegos, quienes la transformaron en paradeisos, y para quienes el paralelo entre felicidad y un jardín de la abundancia ilimitada fue llevada a narraciones desde la misma Odisea.

Hay dos maneras de enfrentarse a la idea del lugar de la felicidad perfecta, como un sitio por alcanzar, o como un sitio que se tuvo y luego se perdió. La idea de la pérdida fue central a los credos abrahámicos, aunque, para los musulmanes, con una idea más pragmática de su alcance. Pero, independientemente de la visión que de ella se ha tenido, su búsqueda fue un impulso que actuó de trasfondo a no pocas de las grandes aventuras humanas. Marco Polo la andaba buscando, y Cristóbal Colón la mencionó entre sus propósitos, al echar velas al viento y andar a lo desconocido. Y es que, en una buena parte de la historia humana, según Jean Delumeau, hasta por tres milenios, el paraíso era un lugar terrenal, no divino. Un sitio al que se podía llegar a pie, con transporte animal, o marítimo. Incluso, no faltaron cartógrafos que lo ubicaron en sus mapas de la tierra conocida. San Isidoro de Sevilla estaba convencido de que se hallaba en la mítica Asia. Incluso, para Santo Tomás de Aquino, su ubicación tenía que ser en un lugar de clima muy templado, “bien sea el equinoccio, bien sea en cualquier otra parte”, pero bien terrenal.

Bajo esa luz, y mirando los textos en circulación de la época, que insistían en el paraíso como el jardín del Edén, donde trabajar no era cosa necesaria para tener lo que se anhelaba, y los alimentos estaban al alcance de la mano, o brotaban de manantiales milagrosos, como la leche y la miel, junto a otros placeres diseñados en función de la lógica del momento y su contexto, es que se entiende la exclamación de Colón al llegar a Cuba y reclamarla como la tierra más hermosa que hubiera conocido.

Al margen del oportunismo político, la idea que quería transmitir era, precisamente, la de haber hallado el paraíso perdido.

En todo caso, de ser cierto que era el lugar de ensueños que buscaban, no tuvieron reparos en echarlo a perder con su egoísmo.

Con el tiempo, los seres humanos, cansados de los fracasos, dejaron de buscarlo en la tierra. Como mismo el tiempo y la infructuosa búsqueda del móvil perpetuo, hizo, para algunos, entender mejor el mundo, y para otros, seguir en la locura. No hallar el paraíso condujo a unos a dejar de buscarlo en los predios del planeta, y a otros, los más osados, proponerse construirlo.

Están los que han visto el comunismo como la realización del paraíso sobre la tierra, una visión un tanto heredada de ese origen común abrahámico del que nunca podremos deshacernos. Pero a estas alturas de la historia, sabemos que el género humano no está para paraísos, como lugares idílicos de vida bucólica, y que la tierra siempre será un reto por descifrar en su rotación alrededor del Sol, a través de la galaxia, por el universo. El destino no es lo que importa, es la idea del destino lo que nos llama a seguir luchando, y en esa construcción, vamos de a poco, salvándonos, salvando. El paraíso, para el género humano, es la incansable voluntad de seguir luchando por un mundo mejor, aunque sea imperfecto.

Y eso me trae de vuelta al hiperrealismo, allí donde el artista parece reflejar la perfección de lo imperfecto, como una fotografía que no lo es tanto. Detenerte frente a una obra te hace cuestionarte tu lugar, ya no en el universo, sino en el propio local desde donde la miras: la terrible duda, si en realidad soy yo el del cuadro, es la que me mira, angustiada, del otro lado del marco. ¿Seré yo quien se queda queriendo preguntar algo?

{ Granma }

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